CAPNOLAGNIA. La estética del fumar.

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07/05/2007



Gemma era una niña mimosa y muy cariñosa con sus padres. En la adolescencia resultó ser una chica de muy buen ver, muy admirada por los chicos. La atención masculina e incluso la femenina (pues las otras chicas buscaban su compañía como imán para los chicos) fue causa de que cada vez hiciera más vida social. Empezó a salir a los locales más de moda y los chicos pijos se disputaban sus encantos. Gemma se vio cada vez más inmersa en esa vida de niña mona, superficial y tirando a elitista, por lo que durante un buen número de años su vida social se movió en ese mudillo de los locales caros, las chicas más chic y los chicos más acomodados. En ese contexto, a los diecisiete años empezó a fumar, porque parecía que el cigarrillo era algo que combinaba bien unos bonitos zapatos, un bolso cuco o un ambiente ideal. Fumar con estilo era algo que también quedaba chic, era un elemento más del atrezzo. Sin embargo Gemma pronto se sorprendió al descubrir que el fumar era algo más que un complemento de su imagen personal. Los primeros cigarrillos eran un juego más pero pronto vio que aquello tenía algo que le tocaba hondo, que los cigarrillos se convertían en algo importante para ella, algo sin lo que ya no podía pasar. Sintió un vínculo íntimo y fuerte con el cigarrillo y el fumar dejó para ella de ser un acto trivial para convertirse en algo esencial. Dicho más simplemente, se enganchó al tabaco, y su adicción se convirtió en un aspecto muy importante de su vida, algo que no era ya solo parte de su vida social sino parte de toda su vida y que exigía su dedicación.

Pasados unos años, Gemma empezó a aburrirse un poco de su vida social, de la pasión por los modelitos y de la atención de los jóvenes adinerados con coches caros. No es que de repente se convirtiera en una chica austera, que desarrollara una conciencia obrerista o que se volviera una activista ecologista, pues tantos años de éxito en aquel mundillo hacen echar raíces a cierto modo de ver la vida que no es fácil desarraigar. A Gemma le siguieron gustando los modelitos y cierto estilo burgués, pero la cabra tira al monte y bajo la fachada de chica mona y pijilla seguía viviendo la niña tierna y cariñosa, que finalmente decidió insistir en sus intereses y mostrar su hastío ante el esteticismo acomodado y las risas superficiales. A Gemma ya no le bastaba con todo eso y por eso le entró una leve melancolía, ahora quiere un marco adecuado de emotividad y afecto para su vida, lo cual supone un hombre tierno y protector y también niños.

Gemma empezó a distanciarse de los ambientes “super-ideales” en que se había movido en su adolescencia y primera juventud. Dedicó más atención a su familia y se apuntó a diversas actividades (yoga, club excursionista, curso de cerámica, etc) en las que conoció a otra gente. Sin embargo, la nueva Gemma (o quizá la vieja Gemma que regresaba tras los años de purpurina) no se desconectó del todo de esos ambientes. Seguía tratando a algunas de sus amigas de la movida pijilla, en alguna ocasión incluso seguía saliendo por los viejos ambientes, su vestuario seguía siendo a la moda y, por supuesto, siguió fumando, porque el fumar hacía mucho tiempo que había dejado de ser un elemento más de la vida superficial para ser algo conectado a lo más profundo de Gemma, una adicción muy arraigada y en cierta manera un acto emotivo.

Hace poco Gemma ha conocido a un doctorado en filosofía que trabaja como ujier y se desplaza en bicicleta. Coincidieron en una excursión y hablaron largo y tendido. Gemma quedó prendada de la calidez del docto ujier, de la sensación de solidez de una cabeza bien cultivada y del carácter tierno, protector y a la vez vulnerable del humilde funcionario. Gemma aun no se acaba de decidir a dejar caer su corazoncito en el río del amor porque sus años anteriores le han acostumbrado a un tipo de hombre muy distinto, más que nada a jóvenes más adinerados capaces de ofrecer una vida de confort material. Sin embargo sigue quedando con el doctor en filosofía y acostumbrándose más y más a él, imaginándoselo como padre y como dulce marido. Parece poco probable que se pueda sacar al ujier ciclista de la cabeza, igual que sigue fumando los cigarrillos que tanto le gustan.

 
 




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